viernes, 23 de octubre de 2015

Selección Poemas de Alejandro Rubio

La canción de Bedoya 

Composición tema, La Obra: hilillos nada más,
hilillos de la lengua, blanquitos, como vetas
del texto que al develar
defenestran: a los cuerpos. Llenos, 
vacíos, llenos/vacíos, llenos 
y vacíos, se los enjuaga, a ellos,
en la corriente, lodosa, de la
lengua. En el estremecerse
del cuerpo bilingual, texto de última
carnal, hilillos o veta
-hilillos- de la carne otra:
ahí el Paisaje. Así el río, 
flujo mayor que arrastra el trozo
desde, hacia, el Destrozo: carnicería general
de la lengua. Lengua real, desreal, se realza
a (en, de, por) sí misma. El paisaje, por encima, 
flota. 
Tiembla. 
De repente se detiene.
Se                 para. Se-
para. Para-
dóxicamente: interrupción y corte:
fin, lengua cortada. De ahí el Paisaje,
rocas, aguas, lechos, casas y camas.
Bedoya, cantan afuera los niños,
nimios: chupame la polla. Y yo
aquí...
entre alcanfores. Truena el trueno sobre el trono,
trota en el potro la Tota, los baguales y alazanes, 
en efecto, corvan la corva. Yo, acá, 
ya no me llamo Bedoya, ahora soy Brian La Palma,
fotógrafo del suspenso que provoca el tener tiempo
de más para saber en qué momento va a pasar
lo que en este momento está pasando. Toc, toc.
¿Quién es? La Tota. ¿Qué Tota? La Tota que te parió.
Ah, el traba. Pasá, traba. Vos que te relamés
el labio lábil, con el lápiz lapislázuli
reponés lo consumido, entrás vestida de nada
y enseñando un seno entonás: Bedoya, ah
Bedoya, Bedoya, Bedoya, Bedoya,
Bedoya: chupame la. No. Sí. No. La tota, 
abierta, toma entre sus manos las pelotas,
puerca, con su lenguita de hilillos moja
y mama. Mama y leche, leche 
y lecho, de ahí
en adelante. Yo soy de vuelta Bedoya, un cacho
de alcanfor entre alcanfores, leche manando
y mamando a la vera del río Seco
donde en días claros se ve nadar todavía 
al ánade, ya casi pato, habiendo echado ya
los bofes el bagual, muertas las hojas, muerto el día, 
de mirar crecer las hojas, tronando solo
el trueno universal, me detengo,
voy, saco, empujo, corto, sueño, me voy...
en la palma: llegó la hora, llegó el material,
llegó la factura, llegaron
a hacer pata los obreros, llegó. 
                                             La Obra.

Bedoya, Agosto, 1998 

Hierven los huevos en la jarra.
El sol cayó
ante la mirada vacuna de Bedoya
detrás del único edificio de más de cinco pisos. 
La mirada de Bedoya
ni absorbe ni penetra: espejea.
Bedoya pela un huevo duro.
La cáscara
cae en láminas irregulares
sobre la mesada verde. 
No hay brillo en las cosas esta estación.
No hay mujeres que usen medias caladas. 
El monje Bedoya
cuelga los hábitos
y va al África a buscar nativas
para llenar los saunas del Once.
Al volver retoma sus votos
y come huevos duros en la penumbra de la cocina. 
El huevo, según cultos antiguos
y enterrados, sin lugar en la historia
ni en el inconsciente colectivo, representa
el alma.
El alma de Bedoya
es un jirón de tela sucia
que flamea en una estaca
en un baldío de Villa Soldati.
Su cuerpo,
un cuerpo pesado
que se desplaza con dificultad
por estancias atiborradas de objetos
ruinosos, es una amalgama
de carne, metal y plástico:
Bedoya es un cyborg, el primero de una generación
creada por Universo Inc.,
y se adapta lentamente a la vida humana.
Bedoya busca en una mesa desordenada
un block de hojas tamaño carta,
lo agarra y ve en la tapa
un castillo con sus torres y almenas, 
clara, aunque algo escolarmente, 
dibujadas. Arranca una hoja
de un tirón magnífico, toma un lápiz
y escribe: Soy un sueño. 
Pero me independicé, le di una pata en el culo
a mi soñador. Yo era pura alma
hasta que caí en manos de los ingenieros de Universo Inc.,
que me fabricaron un cuerpo. Y ahora mi alma sufre
en su cartucho, y añoro a mi soñador
y a las verdes praderas de su cerebro. 
Hierve el agua en la jarra.
Bedoya está sentado a la mesa,
la cabeza entre las manos, los ojos
enrojecidos clavados en un cuadrado blanco
en el mantel amarillo. Si hay doce categorías racionales, 
según Kant, él solo ejerce una, la de sustancia-
accidente: así se descubre
que a más de cuerpo y alma posee
una mente, que funciona como un reloj
con los engranajes enmohecidos, si es que enmohecen
los engranajes de los relojes. Circula en una pista
que va del hambre a la captación
del tiempo que pasa, y de la captación 
del tiempo que pasa a la idea, 
puro pánico, de que el destino no existe. 
Y, asociada a ésta, la idea
de que todo muere. 
Pero Bedoya no puede morir. 
Su envoltura está probada
contra todo riesgo por las cabezas más eminentes
de la tecnología global. Así que él se avizora en un futuro apocalíptico
habitando un desierto helado, él y las bacterias, 
que no constituyen buena compañía 
ni alimento para la vista. Desborda el agua
de la jarra, apaga la hornalla. Mejor dicho, 
en líneas anteriores había dejado constancia 
de una generación de Bedoyas que compartirá el mundo
una vez extinta la raza humana, así que no todo
es tan negro. ¿A qué jugarán los Bedoyas? 
Este, por lo pronto, pone los huevos bajo la canilla
de agua  fría, espera unos minutos, 
los saca de la jarra, los pela, 
muerde la mitad de uno, la mastica
con cuidado, deja reposar el sabor en la lengua 
unos segundos, traga. Repite la operación
con la otra mitad y luego con el resto:
quince minutos. Queda
una ristra de horas hasta ir a dormir:
Ver la televisión.
Reírse de las frases más intelectuales 
de Chiche Gelblung. Ni una ventana iluminada
en toda la cuadra. Los cyborgs
duermen largamente, en una casa de Villa del Parque
o en las cabinas de Plexiglás. Son
el futuro. Son
la sal de la tierra. Los mejores hijos de Dios. 
La especie más ágil, más viva, más ingeniosa
que haya caminado sobre la superficie
del planeta. No puedo esperar
a que existan.

La información 

Martes cuatro, la ley nueva
todavía se discute, 99 por ciento
de humedad. El depto huele a coliflor,
en cientoveinticuatro planchas la grasa
crepita, las familias se desplazan hacia la mesa
y juegan con el cuchillo, el tenedor, el vaso, la cuchara. 
Estoy liquidado. Mi hijo también, 
por otra parte; pero él
no debe saberlo, debe pensar que aún hay lugar
entre ésos que son, van, vienen,
se mueven, edifican. Para salvarlo
del tedio vecinal yo mismo edifiqué 
un búnker en el living; sentados detrás 
de la metra soviética miramos todo el día
televisión por cable. 
Jueves ocho, la ley no salió, media ciudad
respira aliviada, la otra mitad
se pincha el ojo al tratar de ensartar
otro bocado de carne. Sábado seis
o sábado siete, el nene ya gatea, resistimos
con la última tira de munición; tengo miedo
a que corten la luz, bajen el martillo
y el anuncio llegue en forma de aullido
de lechón desangrado hasta donde estoy
con la mochila a los pies, el bebé a la espalda, 
mordiendo comida fría. 

La vida y el canto 

Esos, los de antes, decían que, sobre todo
en la autopista y en, de noche, las bocas tapiadas
del sube nuevo, algo parecía
moverse.
Efectivamente se movía.
La capital de Suroccidente es ahora una grande y hermosa
ruina; entre pilares
de monumentos fachosoviéticos se pasean filigranas
humosas, turistas, periodistas, carteristas,
animales de una y tres patas. Los rapsodas ciegos
se recuestan en vergeles virtuales y chuponean cigarrillos
Virtuales, es así, el viento tañe solo entre las hojas.
Está el ritmo, las letras, partes sueltas 
de melodías, arreglos mil, pero ante el público
se les traba la lengua, callan, dicen no saber,
no poder, no querer; se consuelan con eso
de que La Historia, émula del tiempo, testigo
de lo pasado, ejemplo y aviso
de lo presente, advertencia...

Continuando 

A partir de ahí no quiso escuchar más nada:
se guardó, cortó las líneas, se dedicó a regar las plantas
y, en la sombra su cara de entendido, a leer la revista
del cable, aunque por las canillas seguía saliendo
el dolce licor de óxido, y continuaban afuera
con la emisión de noticias y los niños y los púberes
por el jardín y la plaza corrían
con las manitos abiertas, bailaban, cantaban canciones
pornográficas, dejaban hojas de afeitar
en el tobogán, ahora también se llevan
las cadenas de la hamaca, en fin. 

(todos extraídos de Música Mala, Vox, 2007)

La mente de Perón 

Sólo hay fotos.
Son falsas.
El hombre bajo,
ridículo, caminando
atrás, con un paraguas
lo protege.
Y desde otro punto
de vista: detrás del vidrio,
de las gotas en el vidrio,
el perfil, indio,
de prócer.
Esto no existe.
Es sólo el cadáver.
Como si la mente
proyectara la trama de su mente
en todas las mentes.
Menemmente.
Cafieramente.
Ludermente.
Miguelmente.
Isabelmente.
Emanaciones
de un dios
que se expanden,
se debilitan,
por los espacios infinitos,
finitos...
Y nada de Evita.
Evita es el mito
montonero-progresista-
académico, nada de charla
sobre Evita y Jamandreu,
nada de poemas lujosos
sobre el cadáver de la reina puta.
Evita es el cadáver y punto.
Sólo la mente vence al tiempo,
organizada, ramificada
en pelos y dendritas, en nudos
de los que brotan otros nudos,
para invadir
incluso el verano del 96,
cuando creías que el pueblo
merecía morir, incinerarse
en su propia gomosa estupidez.

Sólo la trama 
de la mente y la organización 
vence al cuerpo, al pueblo.
Ni pintura de uñas
roja cada dos sílabas, 
ni lamentos, ni piedad,
ni encuestas: mente
y organización, juntas,
vencen. 

A los enemigos
y a los amigos.
A los profetas
y a los estetas. 
Lo necesario o la foto,
donde se quedan los realistas,
idealistas. Este es el desierto
donde se piensa, se piensa
hasta que se cae la piel a tiritas
en la felicidad del pueblo.

Que es como un niño.
Es un niño. Imita
a su padre porque lo ama.
Imitando
al padre
se llega a ser adulto. 

Este es el desierto sin música. 
Sin maravillas. Este es el desierto
donde se piensa,
callado,
en los signos
de lo que hay que hacer.

No me jodas con Cristo. 
Cristo no estuvo en un desierto como éste.
Podía divertirse con tentaciones.
No va a venir el diablo
disfrazado de modelo top
a ofrecerte tus deseos.
Acá el único deseo es pensar
y continuar pensando y empezar
a pensar.

Cocina. Verano.
Partido. Diario.
Un corazón seco.
El pueblo argentino está muerto.
No va a resucitar. Si resucita,
será otra cosa, no
el pueblo argentino.
La piel vieja tiene
que caer, caer, caer.
La mente piensa el viejo cuerpo
tanto como el nuevo, porque no le importa.
A la mente le importan tres cosas:
1) la felicidad del pueblo, que no es
este pueblo ni el viejo pueblo;
2) vencer; 3) estar tanto al principio 
como al final como en cada segmento
anélido, mínimo, del tiempo. 




Una experiencia moral

Dejemos de lado los dos años
de interregno cívico. Entre el peronismo y el peronismo
contemplé sonriente cómo la fiebre ética
medio se comía, medio se mezclaba a la rabia
por las vacaciones que ya no se podían solventar.
En Sociología aprendí a amar
la revolución entre carteles
y chicos de las mejores familias.
Soñé un tiempo con ser el Che Guevara,
sueño del que me sacó Lucrecia,
una mujer de diez, que me dió dos hijos
que son la luz de mis ojos.
Comenzaron las preocupaciones. 
Una casa grande, mejores implementos.
Cavallo los proveyó. Y yo vi el mal
concentrado en un rostro, una pelada
bajo los focos del set. Voté por Chacho en las constituyentes
porque era necesario refundar la república
al margen del conturbenio bipartidista.
Y me encontré temblando por la eventualidad
de que el dólar se disparara.
Yo que veía en un espejo oscuro
me vi en una agua transparente:
con mis ideas, mi buena conciencia, 
mis lecturas, mis sensibilidad social, 
era un pequeño burgués.
Y cada ente quiere persistir en su ser.
De refilón, irónicamente,
el ministro y su presidente me proporcionaron
la más invalorable experiencia moral.
No obstante no los voté en el 95,
¿quién los votó?

Televisión

Y así en nuestra casa de lata
entró la modernidad de Kyoto.
Era reluciente y petrificante y nos daba
un aura de fosfeno suficiente
para que leyéramos en la noche las aventuras
de Carlitos Junior. Un artista de estos barrios
lo inmortalizó en verso y dio a la miseria
consuetudinaria un barniz de glamuor.
Nuestro pecado, para ellos, era querer vivir
como ellos, que no querían vivir como nosotros
pero sí gozar de un perfume moral que sus teorías
nos atribuían. Para despreciarlos no había más
que prender el televisor y disfrutar los sorteos,
las fiestas, las palmeras, los descapotables, los gatos,
los restaurants llenos, la música bailable, 
los bailes, los bailarines, los grandes pechos,
los pechos enormes, los pechos
como globos aerostáticos y así
hasta que las velas no ardan y dale que va
que el radical resentido nunca nos va a ver
inundado o juntando cartón. 

(De Novela elegíaca del peronismo, Vox, 2004)

sábado, 10 de octubre de 2015

Un topo cartógrafo, punk, peronista, revolucionario, nihilista, enamorado, and so on, and so on

Un topo cartógrafo, punk, peronista, revolucionario, nihilista, enamorado, and so on, and so on

"me gusta esta con vos
porque me hace acordar a vos
a otra vos"



Mapas con forma de corazón, mapas basados en la creencia en la Biblia en cuyo centro resplandece Jerusalén, mapas que traducen el territorio en el lenguaje del cálculo y la expansión mercantil, mapas para llegar a la casa de la chica que te gusta garabateados en la palma de la mano, mapas del Automovil Club Argentino, en todo Blaia emerge una hipérbole de mapas, una secuela de barroquismo cartográfico, y sin embargo, como sentencia uno de los textos, "no hay nada ahí de lo que buscás" Si con Hegel afirmamos que la fábula es un enigma acompañado de su solución, aquí los mapas aparecen como fábulas sin remate, mapas a medias, sin centro, o con un centro móvil, siempre desplazado. Pero, y vale la pregunta, ¿qué es un mapa que más que guiarnos, llevarnos al punto exacto, se trama como un detallado programa para perdernos? Patria o Suerte, se titula uno de los poemas; imperativo de reconocimiento o voluntad de suerte, podríamos parafrasearlo. ¿Qué sería una práctica cartográfica impulsada por una voluntad de suerte, por un imperativo de aventura? Siempre puede reclamarse el impulso iconoclasta, la fobia destructiva a los signos: para extraviarse hay que incinerar los mapas, arde la cartografía, parafraseando a Didi-Huberman. Blaian, sin embargo, es la puesta en acto de otro plan, de un plan B, cuya apuesta sería calibrar una poética cartográfica que no aplane el territorio, cualquiera que sea este, que no lo reduzca a coordenadas de apropiación, sino que lo transforme en potencia de desvío, en espacio de revelación. Recientemente, al volver de un viaje con amigos desde Santo Tomé, y ante la necesidad de dar cuenta por escrito de lo que había sido vivido como una estancia de excepción al costado de los días, noté con certeza algo que venía rumiando hace un tiempo y que no había podido cristalizar de modo formulario: la absoluta necesidad de que a todo Acontecimiento le siga su registro, la impostergable urgencia de que cualquier evento en su singularidad, en su fragilidad al borde de la disolución, alcance la dignidad del registro, de la fabulación de una superficie de inscripción. ¿No son esas, me pregunto ahora después de releer Blaia, las coordenadas para el trazado de un mapa que en sí mismo guarde la posibilidad de implosionar las coordenadas generales al servicio de un entorno singular, un mapa que que resguarde las fechas, la precisión de la fecha, para volver ahí, justo ahí, donde algo se está por perder irreparablemente? Una poética cartográfica, la de Blaia, entonces, que, como el cuerpo y el lenguaje de los esquimales ante la nieve, se calibra como un instrumento de altísima precisión para incubar en el infierno de lo mismo un mundo de diferencias, y poder habitarlo.  

Si tenemos en cuenta que la historia de los mapas es la historia de la reducción progresiva del espacio, la historia de los mapas configuraría la genealogía de la claustrofobia contemporánea de un mundo cerrado por donde se lo mire. E insisto, entonces: ¿cómo alguien puede perderse, extraviarse, hallar la distancia adecuada que todo deseo y pasión exige para ejecutar su voz, su gimnasia, su canto? Si en el archivo descomunal de mapas "no hay nada de lo que buscás", y si la destrucción no pareciera ser la estrategia elegida, me pregunto, como un Lenin cordobés y anacrónico con un libro de Blaia en manos: ¿Qué hacer? Y la respuesta salta a la vista: invasión, sabotaje y multiplicación. Invasión, sabotaje y multiplicación de los mapas para que estos no sean ya la confirmación del territorio( geográfico, afectivo, linguístico) sino el vector de su emancipación. Usar y profanar las lenguas, los mapas, hasta volverlos irreconocibles, "un inglés que un inglés jamás reconocería como propio", un mapa que un cartógrafo jamás reconocería como propio, un mapa sin propiedades, común, emancipado, a disposición de todos para la huida requerida por cada quién. ¿Cómo imaginar, sin embargo, un mapa de ese calibre? Blaia pareciera respondernos: sencillo, así serían los mapas si la cartografía estuviera en las manos, perdón, en las garras de los topos. Porque si, como dije, no hay sobre toda la tierra no hay nada de lo que buscamos, habrá que convertirse entonces en topos, inventar más tierras en la la claustrofobia de la Tierra, invadirla, sabotearla y multiplicarla, impulsados por la voluntad de suerte. Un topo punk que elige el plan B, vive en la B y hace de eso una causa; un topo ciego, ajeno a las luces, al pesimismo de la inteligencia, un topo gramsciano-peronista con las garras en V condenado al optimismo de la voluntad y que, en el continuo desplazamiento, es capaz de comprender lo que ningún cartógrafo podría: el movimiento dialéctico del hic et ubique, el aquí y en todas partes. Un fantasma recorre Blaia, y desde ahí esta sala y esperemos más lugares: el fantasma del topo revolucionario alimentando, aquí, allá, en todas partes, las hogueras disolutorias de las cosas exhuberantes y groseras que tienen la tierra poseída por completa. El topo, entonces, como la figura de un nuevo cartógrafo que ni se consuela con confirmar el territorio ni se abalanza a la línea de muerte del azar absoluto sino que planifica con las uñas, negociando, entre las necesidades y los accidentes del territorio, un orden permanentemente provisorio. 

En resumen, si en el mundo cerrado y aplanado que heredamos de los mapas no hay nada de lo que buscamos, será cuestión de sabotearlos, invadirlos, elegir un plan B, hacer de eso una causa, radicalizarla hasta alcanzar nuestro orden permanentemente provisorio, nuestra pequeña e irrenunciable perfección precaria. Pero, ¿no hay un viejo nombre para eso? "Asumir el error e ir hasta el final. Eso tiene un nombre: lo llamamos Amor", dice Zizek en Youtube con su inglés nervioso y saboteado ("un inglés que un inglés no reconocería como propio"). El topo punk, peronista, revolucionario es, al final de cuentas, un topo enamorado que dice: no me puede gustar todo el mundo- el mundo que todo mapa glorifica- yo selecciono un elemento del mundo y le confieso: te amo más que a cualquier cosa y quiero que te repitás en un loop indefinido hasta el fin de los tiempos. ¿Y no sería esa la función de la poética cartográfica por venir, trazada por un topo punk, peronista, revolucionario y enamorado? Otorgarle a cada singularidad que se amó sobre esta tierra más que su espacio clausurado, ofrecerle a cada pequeño instante de vida que se quiso la prótesis de su repetición lanzada al porvenir, la superficie de inscripción que emancipe lo eterno que lo viejo tenía y sea capaz de recomenzarlo cada día, cada vez. Un mapa que pueda decir, como lo hace Blaia, a una chica, a un paisaje, a una palabra, a todo lo fechado y vivido, a todo lo querido, me gusta estar con vos porque me hace acordar a vos, a otra vos, y a otra vos, y a otra vos, and so on, and so on.

sábado, 11 de abril de 2015

LA LÁGRIMA QUE SOLTÉ EN EL PASADO AÚN NO TOCÓ EL SUELO




LA LÁGRIMA QUE SOLTÉ EN EL PASADO AÚN NO TOCÓ EL SUELO
- sobre Siembran-

Javier Martínez Ramacciotti


“He oído el contar de muchos años
y muchos años tendrían que atestiguar un cambio.
La pelota que arrojé cuando jugaba en el parque
aún no ha tocado el suelo.”
Dylan Thomas

“Hermana en turbulenta pesadumbre,
mira una barca de angustia sumirse
entre estrellas
en el callado rostro de la noche.”
Georg Trakl

Primero, temprano, en la facu. Clase del seminario del equipo de investigación. Vamos y venimos respecto a los cruces del arte contemporáneo, desde un concepto a una noción contradictoria, desde un autor a otro lejano, y todo termina en un simple y contundente llamado a la experiencia que sabe tomarse su tiempo; digamos, a la aún-no experiencia, a la suspensión del sentido de los que nos (tras)pasa y nos arrebata la lengua. Primero, temprano, en la facu, un llamado a habitar ese despojo de las palabras con las que atolondramos la herida de la experiencia, de cada experiencia. Y con ese llamado en el cuerpo bajo al centro. Con la herida en una mano; con el mutismo en la otra. 

Más tarde, esperando para ingresar a ver la obra del Izquierdo Teatro, Siembran. La obra se realiza en un departamento. No en un espacio cultural, no en un teatro, sino en un departamento que hace las veces de escenografía de un departamento. Y en ese espacio reducido, dos chicas que acaban de mudarse ejerciendo el sutil arte de habitar un lugar que ni las niega ni las implica, tal y como lo hacen mil chicas que habitan departamentos en córdoba. Y un chico, el hermano de una de ellas, que las visita para poner inicio a una secuencia de actos que podrían estar sucediendo en el exacto mismo momento de la actuación en el departamento de al lado. L., al salir de la obra, me dice que es complicado apreciar el ejercicio actoral cuando se actúa de algo tan cotidiano y común que podrían estar haciendo de ellos mismo. Yo pienso que nada más extremadamente intrincado que actuar o ser uno mismo, y que por eso me habían impactado las tres actuaciones, pero no se lo digo porque, bueno, ya lo escribí, nada más trabajoso que ser transparente, con uno o con los otros, da igual. De algún modo, la gran virtud de la obra es efectuar una representación de una cadena de hechos tan próximos, tan de cada uno de nuestros días, que lo más sencillo sería que declinara en la tautología que replica lo ya sabido y nada agrega, y sin embargo…L., mientras caminábamos a buscar las prometidas empanadas de quínoa, me hizo notar que en un momento una de las actrices pasó al frente nuestro y dejó caer una lágrima que yo no había notado. Siembran esquiva la tautología de la reproducción de vidas ordinarias sin recurrir a giros imprevistos ni técnicas de des/automatización y/o extrañamiento- sólo apenas recurriendo a unas inquietantes miradas al público que parecen funcionar como implicadores, como un cordón umbilical invisible que dice: a ustedes también les está pasando esto- , sino simplemente focalizando en esas tres vidas esa lágrima que cada una dejó deslizar y no pudo apreciarse y que aún sigue cayendo. Digámoslo de otro manera: vivimos en una ciudad que se eleva en edificios que acumulan biografías de las que no sabemos nada e intuimos son todas más o menos lo mismo; Siembran no viene a exhibir que esa intuición sea una reacción inercial, un presupuesto homologador. Nada más lejos. Casi que dice: miren, están en un departamento viendo un departamento y la vida de tres chicos como la vida de cualquier otros tres chicos. Pero agrega: sólo que cada uno de esos tres chicos tiene una lágrima que ni ellos ni ustedes ni nosotros vimos. ¿Vamos a descubrir el mecanismo exacto por el cual esa lágrima llegó al ojo y luego se deslizó hasta el suelo para perderse en la fosa común de los dolores comunes? No tenemos idea, acaso sólo intuimos, quizá nunca fue lo importante, las razones de los sufrimientos; ni siquiera nos habilita la catarsis de la tragedia, gracias a un preciso trabajo con un humor que lejos de desafectar la intensidad del surco de la lágrima lo amplifica en la cámara sonora de la risa (pensaba, mientras me reía sin olvidar que lo hacíamos flotando sobre las lágrimas que no vimos caer, en la frase de la película Beginners: You make me laugh but it´s not funny). Sabemos desde un comienzo que los tres personajes habitan el fracaso de sendas relaciones, y que esos fracasos, esos lazos deshilachados, son los que al mismo tiempo los ponen juntos para compartir sus rupturas, una suerte de comunidad de lágrimas y soledades compartidas. Podríamos decirlo sin tantos giros: están destruidos y sin embargo están, siguen estando, cerca, lejos, otra vez cerca, sin poder cancelar la distancia mínima de la que estamos hechos pero haciendo su mejor esfuerzo para no dejarla crecer. ¿Hay épica en eso? No. O sí, quizá Siembran responda que hay una modesta y democrática épica que hace de cada uno de nosotros levantándonos para erigir el mundo cada mañana una especie de héroe cuyo himno nadie se va a tomar el trabajo de componer, y con justísima razón.

Como aparece recitado en medio de la obra en una lectura de un libro de Hugo Mujica sobre Georg Trakl: la noche no oscurece, revela. La noche de cada una de esas tres vidas soltadas de sus órbitas- sus relaciones- revelan algo, pero no es la cifra de la efinge del dolor, ni una pedagogía de su transmutación en alegría. Revelan, lisa y llanamente, la noche. La noche revela la noche. La lágrima revela la lágrima. La soledad revela la soledad. Nada que aprender, nada que superar. Pero sí algo para mostrar, y acaso toda la obra no sea más que aquello que efectivamente hace: tres vidas cualquiera, con sus heridas en una mano y sus mutismos en la otra, compartiendo un mínimo espacio. La imagen final, que no vamos a spoilear, debe quedar en el ranking de condensadores sensitivos que ocupan y se domicilian para siempre en la retina y la memoria afectiva de cada uno de nosotros, y de algún modo dice lo obvio pero lo dice entre muchos y para muchos: las lágrimas que soltamos, y que aún siguen cayendo, nadie las va a rescatar, pero uno al lado del otro podemos (hacer) pasar el tiempo sin que eso nos hunda. 

Al terminar la noche, acompañando a L. a su casa, mientras comenzaba a sentir el avance de las puntadas de la migraña, escucho su voz como de lejos- era ella o yo quien estaba en el exilio de la situación, quién sabe, no importa- y en un imprevisto me dice: "acá te dejo solo". No presté atención a la frase, reaccioné sin reaccionar: Okis, dije. Podría haber dicho muchas otras cosas más acordes, más fieles a mí mismo, pero ya fue escrito: nada más difícil que actuar de unos mismo. "Acá te dejo solo", me seguí repitiendo, como si la frase hubiera estado todo el día conmigo. Acá te dejo solo, en la facu. Acá te dejo solo, en la obra. Acá te dejo solo, volviendo a casa, solo. A mi lado había un perro y le repetí la frase: "acá me deja solo". Ladró. Dos veces. Guau, guau, dijo, que como todos sabemos- o me pareció evidente en el momento- en idioma canino significa: te acompaño en el camino, no te hagás drama, yo te banco. 

Gracias Perri. Gracias Siembran. Gracias, por eso, sólo por estar, mientras camino derecho, con el mutismo en una mano  y la herida en la otra.   


Funciones: 
A las 20.30 hs // los viernes (La dirección se pasa por privado, reservas por Inbox o sms/Wasap al 3516168435)

FICHA TÉCNICA
Dirección: Eugenia Hadandoniou
Dramaturgia y Actuación: Delfina Díaz Gavier, Gustavo Kreiman, Daniela Valdez
Producción: el Izquierdo | teatro


martes, 7 de abril de 2015

ALGO QUE NOS DESTRUYA




ALGO QUE NOS DESTRUYA
-sobre El Bálsamo. La suave pausa de la que estamos hechos-

Javier Martínez Ramacciotti



“Necesito algo que me haga concha el corazón.
Como cuando se te pega una canción espantosa
y necesitás otra pegadiza para remplazar
esa pieza en tu cerebro automático.
Necesito algo que me destruya.
Daiana Henderson

Todo crítico debería comenzar confesando de qué silencios es culpable. La escritura crítica se presenta elocuente, plena de palabras y sentidos, y en general tiende a desplazar las huellas de su conmoción. Pero hay obras que infringen una herida en el habla crítica; obras que introducen, entre ellas y un escrito, una vacuola de silencio. Es el caso de El Bálsamo, obra de danza contemporánea con dirección de Victoria Rosso repuesta los viernes de Abril. Cuando salimos del precioso Espacio Ramona, lo único que nos llevamos como herencia es toda la lengua hecha un ovillo de lana trabado en la garganta. Ahí están los términos de siempre para desgranarse ni bien se emplean: es una obra linda, es una obra emocionante, es una obra técnicamente impecable, es un flash. ¿Y qué decimos cuando decimos eso? Nada. Lanzamos palabras en el agua que se hunden dejando apenas una estela de pliegues en la superficie. De lo que no se puede hablar, mejor seguir hablando. El Bálsamo es una (a)puesta hermosa, pero en un sentido Rilkeano: “Pues la belleza no es nada sino el principio de lo terrible” Bella, entonces, no por estética, no como anestesia distractiva, sino por terrible, por el disloque que infringe en nosotros, en nuestros acelerados y repetitivos mundos. El Bálsamo es de una hermosura silenciante porque es el principio de algo terrible que podemos intuir: hay otra modalidad del cuerpo, otra forma de existencia en contraste con la cual somos una vida menesterosa.
“Nadie sabe lo que puede un cuerpo” es una cita común a la hora de pensar a las artes más asociadas a la praxis corporal- aunque todas, en sentido estricto, son artes del cuerpo- Lo que no suele ahondarse es que ese no-saber conlleva- e implica- un espacio de la experimentación de un cuerpo compuesto, un cuerpo del que no sabemos su potencia porque, en principio, no es un cuerpo, sino la convivencia pululante de varios. La obra introduce justo allí, en el espacio en blanco de esa ignoscencia- ignorancia e inocencia-, tres operaciones que delimitan la anatomía heterodoxa de los cuerpos que tratan y encarnan ese principio de lo terrible. En primer lugar, el cuerpo es un compuesto dinámico, un organismo que se contrae y distiende repetidamente, como un corazón múltiple, un corazón mamushka. Esas extensiones y contenciones azarosas finalizan encontrando, en segundo lugar, relaciones regulares, relaciones nacidas de la dinámica caótica del choque, de las variadas escenas donde los cuerpos se miden- y en esta expresión deberían escucharse los dos sentidos, tanto el referido a la escena de enfrentamiento como la remitencia a la mesurabilidad, la medida numérica-: un cuerpo compuesto que inventa relaciones y la ley de esas relaciones. Y, por último, El Bálsamo exhibe un compuesto corporal de relaciones que existe en tanto y en cuento conquista un entorno, unos cuerpos co-extensivos al especio que llegan a habitar por traslados y exploraciones. Efectuadas estas tres operaciones, que en la escena existen sólo plegadas unas a otras, ¿qué acceso novedoso alcanzamos sobre el cuerpo, qué cifra inaudita nos llevamos de la sala como un secreto intransferible y valioso? Ninguno. Al final, no sabemos más sobre El cuerpo pero sí retenemos algo sobre esos cuerpos. Al mutar la luz de la iluminación en penumbra, y ésta en oscuridad, justo cuando declina la escena, insisten sin embargo dos cosas: el residuo de la imagen de los cuerpos en la retina (como un efecto retardatario de la luz) y la voz de Agustín Albrieu Llinás, que excelentemente cantó y tocó la guitarra en vivo durante (en) la obra (como un efecto retardatario del sonido). Declinada la escena, unos cuerpos que exploraron la potencia de su composición relativa habitando un entorno sobreviven como hilachas de luz y sonido. ¿Será eso la suave pausa de la que estamos hechos, tal como anuncia el subtítulo de la obra? No ya una quietud, la inmovilidad entre dos movimientos, la insignificante coma entre dos frases importantes, la renuncia, sino la conquista de un movimiento lo más tierno posible, de una suavidad en el umbral mínimo de la materia, casi aire, casi agua, casi terrones de tierra despedazándose en el tiempo. La suave pausa, entonces, como una nueva disposición de los cuerpos y el espacio, esa inédita configuración que introduce como shock intuitivo el principio de lo terrible, la fe en un modo de la existencia que disloca la nuestra, que nos susurra: ¿para qué? no hay una verdad. ¿Para qué la preocupación, para qué la ansiedad, para qué el miedo, la tristeza, el delirio, la grandeza, el hastío, para qué tantas preguntas? No hay una verdad, como no hay un cuerpo: hay cuerpos inclinándose a la pendiente de gradación de la luz, hay cuerpos estirados hasta ser voz ondulante en el aire oscuro. ¿Para qué…? El Bálsamo no responde. Se toma una pausa, inventa unos cuerpos hechos de pausas, que ni saben ni ignoran. Cantan. Son un canto apagándose en medio de la noche, porque sí, porque no hay una verdad.
Y entonces, retomando el silencio primero, sabemos ahora que no era falta de palabras sino explosión de canto. Y que este canto, como el de las sirenas, no nos muestra nada pero nos deja intuir algo ¿hermoso? ¿terrible?. Al salir de la obra, mientras me alcanzaban al centro en el auto, F. hablaba con G. por celular y le decía “es re triste”, a lo que G. respondía “nada que ver, es lindísima”. Más tarde, sentado en un bar, mientras esperaba un whatsapp, pensaba: ambas tienen razón. Y pensaba: es triste y es linda, es hermosa y es terrible. Y anotaba en mi libreta: Estamos solos. No estamos solos. No es una cosa o la otra. Es una cosa y la otra. Al mismo tiempo y en la misma medida. ¿Me deja eso feliz? No, pero es un consuelo, un bálsamo, como quien dice.

El bálsamo es una obra hermosa y terrible. Al mismo tiempo y en la misma medida. Es terrible porque nos disloca dejándonos en el silencio; y es hermosa porque necesitamos con urgencia algo que nos destruya. Algo que nos haga concha el corazón.


************* EL BÁLSAMO *****************
La suave pausa de la que estamos hechos

LOS VIERNES DE ABRIL / 21.30 HS
ESPACIO RAMONA, Perú 766

* Intérpretes: Lucía Cravero
Roberto Delgado
Davina Maccioni
Erick Sánchez.
* Música original en vivo: Agustín Albrieu Llinás.
* Vestuario y asistencia artística: Florencia Martínez.
* Diseño de luces: Rafael Rodríguez.
* Escenografía: Juliana Manarino.
* Colaboración artística: Susana Leal.
* Diseño Gráfico y fotografías: Agustina Rosso.
* Arte en programa: Alejo Schettini.
* Texto en el programa: Valentín Rodriguez.

* Dirección: Victoria Rosso.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Y FUERON FELICES LO QUE FUERON FELICES...


Los hechos comenzaron hace una semana pero tomaron una velocidad que aceleró más y más con cada minuto. Pasaron sólo siete días y sin embargo pareciera que cada día tuvo tres amaneceres y como cinco puestas de sol. El tiempo es algo raro; algo hermoso y raro.
Sebastián cumplió 6 años. Como suele suceder, comenzó el primer grado de la primaria; como es usual, no conocía a nadie; tal y como se imaginan, daba brincos interiores ante la simple idea de empezar a conocer compañeros. Pero la realidad, como el tiempo, también es rara; hermosa, gigante y rara. La noche antes del primer día de clases, Sebastián soñó la boda de sus papás. Él no había nacido para ese entonces, pero ya hinchaba la panza de su mamá y nadaba perrito inquieto en esa pileta climatizada en la que entrenamos antes de venir al mundo. Lo inquietante del sueño es que no era un invento de esos que la mente se pone a fabricar mientras el cuerpo descansa; soñó la boda de sus padres con lujo de detalles tal y como ésta había sucedido. Vio a su papá en el altar tronándose los dedos y golpeando nervioso el suelo mientras esperaba; vio a su mamá entrar a la iglesia estirando tímidamente los labios como si sonriera verdaderamente por primera vez y tuviera miedo de quebrarse la piel de la cara. Y vio finalmente cómo un tubo de luz los encerraba a ambos mientras sus miradas se encontraban y se decían un secreto que nadie podía escuchar y parecía lo más importante de la boda. Sebastián se acercaba como si fuera una lupa pero no podía comprender el secreto de esas dos miradas. Cuando se despertó, ya lo sabía: tenía que conocer ese secreto. Y también tenía un conocimiento extra- porque el saber viene siempre al menos de a dos-: sus papás no se lo podían contar, tenía que vivirlo él mismo. En la mesa del comedor, mientras desayunaba antes de salir en el auto al colegio, les contó el plan. Quería casarse y lo iba a hacer con la primera compañera del grado que lo quisiera. No les confesó la razón; no esperó ninguna respuesta. Sólo les avisaba para que se fueran preparando y pensando la boda. Sus papás no lo tomaron en serio. Los padres se olvidan de vez en cuando que la realidad y el tiempo son hermosos y raros, pero no es su culpa.
La primer clase era de Lengua. La maestra trazaba unas letras blancas sobre el pizarrón negro y los ojos negros de Sebastián recorrían los guardapolvos blancos de sus compañeras. Si las letras de la maestra se quedaban fijadas a la superficie oscura, los ojos de Sebastián, por el contrario, resbalaban y caían al piso rebotando como dos bolas negras de pool. Al terminar la clase, sentía que sobre el suelo giraban muchas esferas sobre las que se deslizaba triste ante la imposibilidad de encontrar su futura esposa y la chance de conocer el secreto. Recordaba la boda de sus papás; recordaba la música del piano. Bailaba solo en medio del patio y se veía a sí mismo de traje apretado entre los cuerpos de sus papás, y murmuraba “sí, quiero, sí, quiero, sí, quiero”, hasta que desde detrás de las notas de música escuchó una voz medio gangosa: “bueno, bueno, pero ¿qué querés?” Sebastián abrió los ojos. No vio el colegio; no vio el tumulto desordenado de compañeros corriendo aquí y allá; no vio las nubes grises pegoteadas al cielo y escondiendo para sí toda la luz. Lo que sí vio: a él y ella vestidos de gala en medio de un descampado y un sol del tamaño de una pelota de básquet flotando sobre sus cabezas, uno para cada uno. No dudó. Sin pensarlo sabía qué tenía que decir como si lo leyera en los ojos negros de ella, como si ahí estuvieran escritas desde siempre las palabras que él tenía que repetir. “Nos casemos. Te amo. Quiero conocer el secreto. Mi nombre es Sebastián y no me gusta que me digan Sebis” Ella sonrió tranquila, como si esperara el pedido; levantó los hombros y luego se rió, se rió mucho, pero no burlándose sino de alegría. No dijo que “sí” ni dijo “no”. Dijo: “Me llamo Melina. No me gusta que me digan Meli, pero vos podés llamarme como quieras”. No tuvieron que aclarar nada más. Ya lo sabían. Se iban a casar. Tocaron la campana del final del recreo y sonó como aplausos y felicitaciones rebotando en la cúpula de una iglesia.
A la noche, en la mesa de la cena, les contó lo sucedido a sus papás. Ellos lo miraron y siguieron masticando el bife; con cada mordisco Sebastián comprendía que no lo iban a entender ni ayudar. A la noche soñó a sus papás frente a frente, los brazos estirados, tanteando con sus manos la cara del otro como si fueran ciegos tratando de reconocerse. Se acercó a ellos para ver si esta vez podía escuchar el secreto. No pudo, pero algo le decía que en este caso no se trataba de un secreto inaudible sino de puro y duro silencio. Las manos de sus papás tocándose no tenían palabras; eran extraños, ciegos y mudos que alguna vez se habían dicho algo importante pero lo habían olvidado. Al despertar, Sebastián ya había entendido dos cosas. No podía contar con sus papás para armar la boda y debía hacerla en el patio de su casa por el espacio verde amplio tal y como lo había imaginado. Los siguientes días en el colegio fueron de diseño del casamiento; Sebastián y Melina desparecían de las clases sin que nadie lo notara como si de algún modo incomprensible todos confabularan en hacerse los distraídos mientras ellos dos llevaban adelante un plan que tenía mucho de simple y mucho de excepcional. Tan simple y excepcional que era invisible. Los días se sucedían uno a otro, uno en otro, de un modo desordenado, caótico, como si fueran payasos de circo corriendo y haciendo piruetas para una tribuna vacía. Al séptimo día estaba todo preparado. Sebastián había aprovechado que a la mañana sus papás trabajaban y se había escapado del colegio junto a Melina. Cuando llegaron a su casa, la hizo esperar en el comedor mientras él arreglaba el patio; cuando terminó, ambos se fueron a lugares distintos de la casa y se vistieron de gala. Sebastián salió primero al patio y se puso al lado de una mesa ratona de plástico que hacía las veces de altar; apretó play en una casetera que reprodujo la canción de entrada de la novia y entonces apareció: Melina sobre el umbral de la puerta corrediza que da al patio. Sebastián tronándose los dedos, Melina sonriendo como si sonriera por primera vez. Cuando ella se estaba acercando al altar-mesa-ratón, escucharon el sonido de un auto estacionándose y luego la puerta de delante de la casa que se abría. Eran los papás de Sebastián. Se los escuchaba desde lejos gritando con un enojo que apenas si cabía en las nueves letras de su nombre. Sebastián y Melina no se asustaron, no dudaron, no bajaron la cabeza. Se subieron al árbol que tenían al lado y se escondieron detrás de las ramas repletas de hojas. Ahí pudieron ver cómo aparecían en el patio los papás de Sebastián, enfurecidos, rojos, extraños, gritando como si comprendieran algo aunque gritaban porque querían callarse y rodar por el piso aceptando que no entendían nada, que hace mucho que no entendían nada, y estaban tristes. Sebastián y Melina ya no los observaban. Tomados de las manos, frente a frente, pensaron todo lo que tenían que decirse, las palabras adecuadas que coronarían el momento, el discurso perfecto que les permitiría por fin alcanzar el secreto. Pero no dijeron nada. Callados, se quedaron mirando los ojos del otro y ahí vieron que no había ningún secreto. O que había un secreto que ambos habían descubierto hace mucho, hace siete días, en el exacto momento cuando se dijeron los nombres. Y ahora Sebastián de repente se veía a sí mismo en la boda de sus padres, en medio de ellos, y podía escuchar ese secreto: era una brisa golpeando un árbol que los protegía. Cuando Sebastián volvió en sí, vio a sus papás de traje y vestido al lado de él y Melina, también de gala, los cuatro encerrados en el follaje de un árbol levantándose solo en medio del patio y soportando el viento. Los cuatro tenían un sol coronando sus cabezas y dijeron al unísono “sí, queremos”. Si pudiéramos acercarnos a sus ojos en este exacto momento, veríamos que en todos está escrito lo mismo:
La realidad y el tiempo son raros; hermosos y grandes y raros.
El amor también lo es.

No hay otro secreto.